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EL DIFÍCIL ARTE DE PERDONAR
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LA DICTADURA DEL RELATO
EL DIFÍCIL ARTE DE PERDONAR
“A perdonar se aprende en la vida cuando a nuestra vez hemos necesitado que nos perdonen mucho” (Jacinto Benavente)
ÁNGEL SÁNCHEZ GARCÍA
“La ética es la ciencia del buen carácter” (Adela Cortina). Êthos en griego significa carácter, y, la (buena) Educación debe ir dirigida a la formación de un (buen) carácter. No hay nada ajeno a las acciones humanas que quede al margen de nuestro carácter, es decir, no hay acción (y omisión) humana que se sitúe al margen de la ética.
La convivencia con familiares, amigos y compañeros de trabajo es el ámbito más estrecho y denso de nuestras relaciones. Con ellos pasamos nuestra mayor parte del tiempo, con ellos adquirimos los mayores compromisos. Sin embargo, se suele pensar frecuentemente que estas relaciones se sitúan al margen de la ética, porque las calificamos como relaciones de confianza. Pues bien, responde a ello el refranero español que “Donde hay confianza da asco”. Dice un refrán vasco algo terrible pero realista: “En casa eres lobo y en la calle paloma”, y es que nuestras mayores contradicciones y auténtica faz, se muestran con los que convivimos. Nadie mejor que nuestros amigos y familiares nos conocen y nos sufren, nadie mejor que ellos también saben que los conocemos y sufrimos.
En la relación con los otros, la mayor de las veces convivimos, y la menor de las veces coexistimos, ¿o es al revés?. Convivir implica disfrutar y afrontar los problemas juntos, compartir las responsabilidades y, también poder entrar en conflicto que no es lo mismo que tener un carácter conflictivo.
El arte de convivir exige ser diestro en el arte de amar y en el arte de perdonar. Discutía en el Santuario de Loyola hace muchos años con un sacerdote vasco acerca del problema terrorista con ETA. Frente a su optimismo yo exponía mi escepticismo con cierta vehemencia, pues la convivencia tras el cese de la violencia sería difícil, porque a nadie se le enseña a amar como tampoco a nadie se le enseña a pedir perdón y mucho menos a perdonar.
Se confunde la convivencia con la coexistencia. Con los opuestos coexistimos con los semejantes convivimos. He aquí cómo realmente se traduce la polarización que sufrimos en esta sociedad y no pocas veces en nuestras relaciones más estrechas. La rivalidad política, laboral o deportiva, las exigencias de la vida comunitaria y los muy comunes conflictos de herencia familiar, son pretextos que ponen de manifiesto que somos unos auténticos ignorantes en materia de ética. Confundimos el conflicto con el carácter con el que lo afrontamos y, no es lo mismo. Decía Camilo José Cela que “No es lo mismo estar jodido que jodiendo”, pues esto es lo mismo, estar pasando un mal momento no es lo mismo que querérselo pasar al otro.
Querer pasar al otro un mal momento, salvo que uno disfrute de ello porque sea un psicópata, tiene que ver a menudo con el difícil arte de perdonar. Perdonar no es olvidar, eso nunca se hace pues basta con mirar las cicatrices. Significa más bien desprenderse de la pesada carga del rencor y los remordimientos para querer seguir caminando ligero y hacia adelante, es decir, en Paz.
Hay varios hitos que marcan la madurez: Darse cuenta que vivir en mi mundo no es precisamente vivir en el mundo, que la realidad y la verdad se comparten, que nadie las posee en exclusiva. Que ser esclavo de la subjetividad y romper con ella, es necesario para verse uno tal cual es, y al otro tal como es. Que aceptar la diferencia y el continuo conflicto entre aquello que somos y aquello que deberíamos ser y, respetar en los otros el mismo proceso, es el sentido de la (buena) convivencia. Que nuestro mayor conflicto espiritual es y será: “Amaras a Dios y al próximo-como a ti mismo”. Es decir, que empezamos a amar cuando dejamos de ignorar cuán auténtico es el amor cuando se vuelve exigente.
Muy pocos son los afortunados que han querido aprender el arte de convivir, el arte de amar y el arte de perdonar. Los peores conflictos son los que se producen con los que más amamos que suelen ser los más próximos.
Una gran paradoja del amor verdadero es que es que amamos fácilmente y perdonamos difícilmente, porque si bien lo primero obtiene satisfacciones más o menos inmediatas lo segundo exige fe y voluntad, es decir, su satisfacción se obtiene sembrando ambas capacidades en el alma. La cosecha consiste en gozar de un alma ligera, liberada de la pesada carga del rencor y los remordimientos.
El difícil arte de perdonar nos habla sencillamente de cómo vivir con la carga de los errores propios y ajenos y, eso es vivir sin esa carga: perdonándonos, perdonando a otros y pidiendo ese perdón que desarma a los necios que desconocen lo fácil que es equivocarse.
Invoca la ayuda del Amor de Dios para que infunda en tu alma ese buen carácter que necesitas para convivir, pues “Se perdona mientras se ama” (François de La Rochefoucauld), y si amas es porque (con) vives.
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